Hace unos días me informaron que se realizaría una actividad rindiendo homenaje tres personas, incluyéndome a mí, para mi alegría los tres "ojomeneados" hemos crecido casi juntos en este mundo artístico.
Respiré profundamente y agradecí por la idea y la noticia, la verdad es que es muy satisfactorio que, después de 23 años de vida artística, se reconozca de alguna manera el trabajo realizado con tanto empeño.
De imprevisto, unos instantes después e inversamente proporcional me visitaron algunos fantasmas, las dudas me hicieron tambalear, quizás todavía no tengo algunas situaciones personales resueltas. ¿Realmente te mereces un reconocimiento público? ¿Que estás haciendo para ganarte la admiración y el respeto de otras personas? ¿Que impacto ha tenido tu trabajo en la ciudad para merecerlo?.
Como los grandes reconocimientos se otorgan después de muertos, es posible que de ahí me venga la idea de que algo parecido lo recibiría después de medio siglo de "Experiencia". Pero reconozco que siempre he tenido la expectativa de dejar algún legado a las futuras generaciones.
Son quizás estos fantasmas los que hacen reflexionar en el tiempo transcurrido desde que empecé a dar mis primeros pasos en el mundo de la danza y todo lo que me ha llevado hasta donde estoy.
Todo lo que soy está impregnado de la palabra movimiento, y siendo que la danza es el "Arte del Movimiento" creo que siempre he estado en el camino de la danza o la danza ha estado siempre en mi camino.
Las oportunidades encontradas por el hecho de haber desarrollado un ritmo corporal y cierta sensibilidad hacia la música, me ha abierto caminos que de otra manera, quizás, no hubiera recorrido nunca.
Era yo un adolescente de 12 años, quizás un poco más, con serias dificultades de personalidad, de autoestima, de miedos, en pobreza casi extrema o extrema, con un cuerpo esquelético y encorvado que denunciaban claramente mi situación, con mi cabeza llena de oraciones y rosarios y para más contradicciones muy enamorado y poco correspondido. En ese contexto personal salió a mi encuentro la danza, un reto que no soltaría, al que me aferraría como si de una rueda salvavidas se tratara y que me salvaría de la tormenta que durante varios años casi me ahoga.
Uno de los premios más importantes al lado de la danza, lo recibí al terminar la secundaria. Me ofrecieron la posibilidad de obtener una beca si me comprometía con el trabajo cultural universitario, debo de confesar que no me la ofrecían por mi talento, si no más bien por el aprecio de mi profesora y sus influencias. No lo dudé en ningún momento, no fui consciente de las implicaciones y tampoco de hacia donde me llevaría esa aventura. No pueden imaginar el miedo que corría en la cabeza de mi madre, era normal que sufriera ante la posibilidad de que yo no cumpliera su sueño de verme hecho un profesional (un doctor, un abogado, un licenciado de algo), después de todo el sacrificio que había hecho.
Sus miedos se hicieron realidad dos años después, la danza había absorbido gran parte de mi tiempo y energía. No fui capaz de aprobar mi segundo año de la carrera de Psicología. Mi felicidad era el movimiento y cualquier cosa que me desconectara de eso me generaba angustia, incluso la quejas, preocupaciones y consejos de mi mama no servían de mucho.
Bailando me sentía importante, grande, libre, admirado, los aplausos de la gente renovaban mi espíritu y por eso me dediqué en cuerpo y alma a ser cada día mejor. Me dejaba la vida en cada ensayo, lo disfrutaba como si ese fuera el último día. En poco tiempo destaqué en el grupo y eso me encantaba.
Empecé a trabajar en colegios y en la universidad dando clases de danza. La danza me permitió conocer Nicaragua, salí de la ciudad de León por primera vez, fuimos a una presentación en el Teatro Nacional Rubén Darío. Todavía percibo las sensación de asombro al entrar en aquellos camerinos llenos de espejos con luces y luego al monumental escenario de la sala mayor. Aún no sabía que me convertiría en huésped constante de otro teatro igual de espléndido y famoso como es el teatro José de la Cruz Mena.
Con la danza me subí por primera vez a un avión y cruzar el charco, conocí otra cultura y otro país representando a la UNAN.
La carrera de psicología finalmente me torció el brazo, pero tenía que sacar un título universitario, no podía dejar de un lado mis aspiraciones profesionales y mucho menos las de mi madre, que se había dejado la vida para sacarnos adelante. Por lo que me inscribí en la carrera de Trabajo Social.
Por asuntos personales con el director del grupo de danza de la UNAN, me separé del grupo y continué trabajando de forma independiente y fui abriéndome paso en el mundo artístico leonés. Nunca hice la carrera de interprete de manera profesional, pero seguí formándome a través de diversos cursos.
La danza me llevó a participar en el Movimiento estudiantil como secretario de cultura del CUUN donde llegué a sospechar cómo se manejaban algunos hilos políticos dentro de la universidad.
Esos mismos hilos me llevarían a conocer al Dr. Rigoberto Sampson quien me posteriormente me confiaría la Direccion del Grupo de Danza de la UNAN-León.
Ya antes me había iniciafo como coreógrafo de mi propio grupo de danza, con muchos tropezones y aciertos. En este espacio conocí al movimiento feminista de León con quienes empecé mi formación en los temas de género.
Entender mi relación con las mujeres, con todas las experiencias de violencia que había vivido, no ha sido nada fácil. Sin embargo también es un reto que he ido incorporando poco a poco desde aquellas primeras lecciones.
Me volví un aliado de las causas sociales y en cada actividad que tenía una tonalidad reivindicación social ahí henestado zapateando el suelo.
La danza me conectó con mi primer empleo relacionado al Trabajo Social, después de dar mis prácticas profesionales, fui contratado para un puesto donde ejercería como profesor de danza en un proyecto social, en el que se trabajaría desde diferentes áreas artísticas. Ese proyecto no se concretó y en cambio fui contratado para llevar un componente sobre género con líderes comunitarios.
La danza me presentó al juego y la importancia de la lúdica en la educación. Me dí cuenta que nuestros cuerpos se mueven según la libertad mental y espiritual que somos capaces de sentir, que nuestra actitud ante la vida tiene harta relación con nuestras formas de colocar el cuerpo. En este descubrimiento estuve acompañado por la Red Latinoamericana de Juego (ReLaJo) donde encontré otros modos de entender el movimiento.
La danza y el juego juntos me llevaron a otros viajes donde pude sanar algunas cosas, pero también donde encontré muchas de mis contradicciones éticas, políticas y morales, pero que han sido vitales para mi desarrollo humano. Para mí el "Arte Comunitario" es eso, la posibilidad de transformar a la comunidad, la posibilidad de salvar a otras personas, que al igual que lo estuve yo, sufren sus vulnerabilidades. La danza me llevó por ese camino donde comprendí que todas las piezas del arte se complementan. Con la danza aprendí que el teatro, la música, las artes plásticas, la literatura, el circo, etc., son parte del engranaje que complementa la máquina de la educación, con un propósito político que es el de transformar a la humanidad en seres más felices.
La danza me permitió estar mucho tiempo con mis hermanos y hermanas. Cada quien ha encontrado sus razones, lo cierto es que se mantuvieron en este mismo sendero del arte y la verdad es que lo agradezco, porque me han sostenido protegido y respaldado en los momentos más difíciles, me han demostrado que me aman porque estoy consciente que a veces no ha sido fácil entenderme. También me ha permitido conocer a un grupo de personas emprendoras y soñadoras que forman parte del Colectivo Fuego y Son y que se lanzaron en esta aventura del arte en zancos.
Son cientos de personas las que han recibido al menos una clase conmigo y aunque no siempre he sido el profesor ejemplar, espero que el haber compartido tiempo desde el arte sirva al menos para no repetir mis errores.
Finalmente, la danza me llevó con conocer a mi familia, mi esposa y mi hija con quienes bailo como loco, por que creo que es importante moverse, saltar y caer, vibrar, abrazar y sostener, porque he descubierto que quienes no bailan tienen más miedo y porque, como dice Joaquín Sabina, bailar es soñar con los pies.
Creo que es por eso que es un merecido el homenaje.
Posdata:
Agradecimientos a todas las personas que se sienten reflejadas en este escrito. Mi homenaje personal hacia ustedes es para toda la vida.. gracias por ser parte de esta experiencia.
Taller Cuerpo, Casa, Salud impartido por Alexia Guille y Rodrigo Dada Estoy escuchado la música de Yann Tiersen, un músico y compositor Francés que compuso la música para la banda sonora de "Amelie".. si no la han visto se las recomiendo.. Me he transportando con esa música sin querer a la Calzada.. Me he conectado con la energía que me movió por esa larga calle, me ha hecho imaginar las escenas propuestas por cada uno de los que compartimos esa semana de imágenes, no tuve la oportunidad de verlas pero ahora tengo el privilegio de imaginarlas.. "Veo a una mujer caminando, entregando su alma, su amor, para que la gente que come sin sentir nada, le sienta ganas a la vida. Veo el tiempo que pasa sin cesar y se resbala entre los dedos de una niña desesperada y trata de atrapar los minutos entre la locura del murmullo. Un mono se come las fantasías de su ama para no hacerla quedar mal delante de un mesero que no logra conectarse con el delirio de su clienta. Un hombre l...
Comentarios
Publicar un comentario